Cuando se habla de la Eucaristía (la comunión o la Misa), una de las preguntas más frecuentes es si el pan y el vino son únicamente un bonito símbolo para recordarnos a Jesús, o si ocurre algo mucho más profundo y real.
1. Las palabras literales de Jesús
En el Evangelio de Juan (capítulo 6), Jesús dice algo que escandalizó a quienes lo escuchaban: “El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna”.
Muchos de sus seguidores se apartaron diciendo que era un discurso intolerable. Si Jesús hubiera estado hablando en sentido figurado o simbólico, los habría detenido para aclararles: “Tranquilos, es solo una metáfora”. En lugar de eso, se volvió hacia sus apóstoles más cercanos y les preguntó si ellos también querían marcharse. Jesús hablaba totalmente en serio.
2. La Última Cena: “Esto es mi cuerpo”
Durante la Última Cena, antes de morir, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y dijo: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo”. Luego tomó el cáliz de vino y dijo: “Esta es mi sangre”.
No dijo: “Esto representa mi cuerpo” o “Esto es un símbolo de mi sangre”. Utilizó el verbo ser de forma directa. Los apóstoles, que eran judíos criados bajo la ley que prohibía estrictamente consumir sangre, habrían puesto el grito en el cielo si se tratara de una simple representación simbólica.
3. La Tradición de los primeros cristianos
La creencia en la presencia real no es un invento tardío de la Iglesia. Los primeros cristianos del siglo I y II fueron acusados falsamente por los romanos de ser “caníbales”, debido a que celebraban la Eucaristía y afirmaban comer la carne y beber la sangre de Cristo de verdad.
Padres de la Iglesia muy antiguos, como San Ignacio de Antioquía (discípulo directo de los apóstoles), escribieron ya en el año 110 d.C. que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo.
4. ¿Símbolo o Realidad?
La Eucaristía no es una cosa o la otra; es ambas, pero en el orden correcto. Es un signo visible (un símbolo) de la entrega de Cristo, pero por el poder de Dios, bajo las apariencias del pan y del vino, se hace presente real, verdadera y sustancialmente el mismo Jesucristo (cuerpo, sangre, alma y divinidad).
Si fuera solo un símbolo, como un retrato o un recuerdo fotográfico, no tendría el poder de transformar el alma ni de unirnos íntimamente a Dios.
Conclusión
Si la Eucaristía fuera solo un recuerdo simbólico, sería un acto bonito, pero vacío. Al ser la presencia real de Jesús, la Misa se convierte en el encuentro más cercano que podemos tener con Dios en esta tierra: el Creador mismo viniendo a habitar dentro de nosotros.
